El laberinto de los libros

La histórica boletería sobre Santa Fe es, precisamente, historia. Tengo el certificado de estudiante pero mi humor no puede esperar al avance tortuguesco de la fila de canje. Mi sentido común (mi dignidad) me detiene a tiempo. ¿Vas a pagar quince pesos por ver, nomás? Entro. ¿No hay un mapa que indique dónde están los mapas? Mierda. Empiezo a contar, hay más de 15 stands sin textos. En la Feria está todo, menos lo que uno busca.

Las oportunas obras del gobierno porteño angostan la vereda y alimentan el embudo humano. La histórica boletería sobre Santa Fe es, precisamente, historia, y la única entrada al predio se abre frente al zoológico. Hay, entonces, dos filas: una deriva a la boletería de venta de entradas; la otra es infinita y se reserva para el canje.

Tengo el certificado de estudiante pero mi humor no puede esperar al avance tortuguesco de la fila de canje.

Encaro hacia la boletería de venta.

Mi sentido común (mi dignidad) me detiene a tiempo.

¿Vas a pagar quince pesos por ver, nomás?

Igual, sigo hasta la boletería de venta.

Mi plan está maduro.

Buenas noches, saludo al boletero al tiempo que desembolso mi credencial de estudiante, ¿aquí se canjean las entradas?

Sé que no y quizá él sepa-que-sé-que-no. Pero tiene menos ganas de contestar que de canjearme, aunque no le corresponda, una comprensible y amable entrada.

Desde aquí, mis más profundas disculpas a los valientes integrantes de la fila de canje.

Entro y voy por un mapa (Incluso el GPS urbano no ha logrado superar su necesidad práctica para moverse en la Feria).

Unas bonitas promotoras de Clarín (que hasta logran que olvide mis diferencias para con la empresa y me descubra clamando silenciosamente, “bien ahí, Clarín”) no saben orientarme en mi búsqueda.

Las de La Nación (sí, confieso que fui al stand para compararlas con las de Clarín. Eran igualmente inalcanzables) creen que es por allá, doblando a la derecha y después a la izquierda y después… Creen mal.

¿No hay un mapa que indique dónde están los mapas?

Mierda.

En la Feria está todo, menos lo que uno busca.

Los libreros son aquí hermosas mujeres que nada saben de libros.

Saben de ventas.

Los stands son puestas en escena del consumo, que afortunadamente sigue siendo de libros.

O casi: a la vista, provocativos, brilla un centenar de títulos sobre la vida de Ricardo Fort.

(Quiere decir que hay gente que los compra).

La oferta se repite en este y en más de un stand.

(Quiere decir que la gente que los compra es mucha).

Una señora está comprando ¡DOS! libros de Ricardo Fort.

(Nada que agregar al respecto).

También a la vista están los best-sellers para adolescentes y los libros de autoayuda para los que adolecen, líderes atemporales de las ventas.

El éxito de otros autores, en cambio, oscila al compás de una época, de una tendencia (y digo autores porque no es otro el consumo social. Hay obras de moda, es cierto, pero los lectores somos indudables consumidores de sujetos). Según un vendedor de El Ateneo, “ahora está de moda Galeano”. Lo compruebo al ver, en un stand, un apartado especial para el escritor uruguayo, con luces y decoración propia.

Por ubicación y cantidad (no precisamente por precio) se destaca entre sus obras Las venas abiertas de América Latina, y es curioso cómo la moda reflota una obra publicada por vez primera en 1971 (aunque con intacta vigencia). El vendedor me afirma que es el texto más vendido del autor.

Las venas está 50 pesos aquí y 30 a un centenar de metros, saliendo de la Feria, cruzando la calle y llegando a la otra feria, la de Plaza Italia.

Como este, los precios encarecen entre un 15 y 20%. Los libros en oferta, por su parte, son el excedente no-vendido en años. El mismo público que antes rechazó, ahora empuja y revuelve en busca de una joyita a bajo precio.

Aquí están o:

Los que vinieron sin plata,

Los que no quieren gastar mucho,

A los que no les convenció nada de-lo-otro,

Los que pasaron y vieron que sí, que en la Feria hay algo a 5$,

Los que vinieron de paseo y aprovechan el baile.

Aquí estoy yo, que reúno un poco de cada cosa.

Terminé por comprar dos libros a 10$ (juro que ninguno es el de Ricardo Fort), y me sentí un miserable cuando recordé que la entrada estaba 15$.

Entre mis elucubraciones veo a un hombre con un vaso de vino en la mano, y dudo que él mismo haya descorchado un tinto.

Deben estar ofreciendo.

Veo a otro hombre con otro vasito, a una mujer, a otra, a otro, y así.

El rastro conduce (cómo no lo pensé) al stand de Mendoza.

El vaso me calma la sed que no tenía.

No me lo dejaron recargar.

Recorrí Córdoba (y no sus montañas), pasé por Santa Fe (y, lo que importa, había rosarinas) y palpé la plata que tienen los Saa y su enorme stand de San Luis aquí en la Feria.

No vi un solo libro.

Empiezo a contar y, además de las provincias, hay cerca de 15 stands sin textos.

En la Feria del libro, ni siquiera eso es requisito.

Mi ficticia recorrida por el país me dejó cansado.

La Feria me aburrió.

Ensayo mi huida pero a mi paso se abre otro sector, nuevo y no explorado.

(Hay más stands pero los mismos libros).

¿Por dónde salgo?

Empiezo a sentir la falta de un mapa.

Un cuento de Borges me recuerda cómo salir de los laberintos: tengo que bordear alguna pared hasta llegar a una interjección con otra o a la salida misma; en el peor de los casos estaré afuera luego de tres interjecciones.

Para algo sirven los libros.