De cuando la riqueza condenó a Chile

El salitre se vende bien. Los obreros salitreros mal viven. El siglo XIX terminaba y el país trasandino buscaba una modernización sobre la base de una explotación agotadora. El desierto fue testigo, primero de una bonanza para pocos, y del desmantelamiento después. Viajamos al Norte chileno para vivir el pasado y contarlo.
El “Oro Blanco” resplandece a lo largo de toda la Pampa. Bien al norte de Chile, en las provincias de Tarapacá y Antofagasta, el territorio en disputa durante la Guerra del Pacífico contra Bolivia y Perú –también conocida como Guerra del Salitre- y uno de los trofeos de guerra más valioso para los chilenos, se concentra la mayor cantidad de yacimientos salitreros. El “Oro Blanco” corre a raudales hacia fines del siglo XIX. El salitre, esa mezcla de nitrato de sodio y nitrato de potasio que da lugar a la fabricación de dinamita, vidrios, gases, ácidos y medicinas, es la base de la economía chilena. Pero no de la economía de los chilenos: la explotación del salitre está en manos de ingleses, alemanes y yanquis, como casi todo en Latinoamérica.
Los pueblos que rodean a las oficinas salitreras están regados por las pompas y las comodidades que les regala la tierra, gracias a la explotación del salitre. Los teatros, los hospitales, las piletas y las salas de baile son hasta más lujosos que los de Santiago. Y los destacados artistas que llegan desde Europa pasan antes por Iquique, el mayor puerto de salitre en América, que por la capital, para entretener a los propietarios de las compañías de extracción y sus cortes. El dinero corre enla Pampa gracias al salitre; corre y parece que nunca se acabará. Los obreros en las oficinas están para eso: para que nunca en Iquique deje de sonar la ópera europea en los palacetes diseñados por arquitectos británicos. Para costear esos lujos, los trabajadores son sometidos a condiciones inhumanas de trabajo. En forma casi cruel: rodeados de un polvo asfixiante y cegados; con un calor abrazador y sin seguridad para el empleo. En las oficinas, el pago es en fichas, allí no se remunera con dinero y el valor nominal de las fichas es muy inferior al que corresponde. Los trabajadores no tienen domingos para ir a disfrutar de las bondades del pueblo; su vida es en el salitre.
En cada oficina hay casi trescientos obreros. Las actividades que ejecutan se dividen en dos categorías: la extracción y la elaboración del salitre. De la extracción se ocupan los barreteros, que abren las calicheras con dinamita, con los riesgos que implican los explosivos; los particulares, quienes extraen y dividen los trozos del caliche también con dinamita; y los carreteros que, expuestos a accidentes frecuentes de volcaduras a causa de los malos caminos, transportan el caliche en carretas hasta el lugar de la preparación del salitre. En la elaboración trabajan los acendradotes, que trituran el caliche, con el polvo que impide respirar y hasta ver; los llaveros, quienes disuelven el salitre por medio del agua y del calor, con temperaturas que superan los 50º; los desripiadores, que extraen el ripio y el barro del caliche; los canaleros, que conducen el caldo con salitre a las bateas de enfriamientos; y los cargadores, quienes cosen los sacos del salitre y lo transportan en su espalda hasta el ferrocarril, también inglés, Nitrate Railways. La higiene y la seguridad no llegan desde Europa en los barcos que anclan en el puerto de Iquique para llevarse el “Oro Blanco”.
Tampoco lo traen los cada vez más numerosos trabajadores que llegan desde otras latitudes del país y del continente para trabajar en las oficinas, que cada vez son más en la Pampa chilena. Humberstone y Santa Laura son orgullo para Chile. A 48 kilómetros al sur de Iquique, tienen más de 180 hectáreas de salitre y producen cada una cerca de 35.000 quintales métricos mensuales de salitre. Son dos de las oficinas más reconocidas de las 120 que producen salitre, y su nombre es el nombre de Chile en Europa.
Entendiendo a aquella realidad histórica como un buen ejemplo de la situación latinoamericana general, cualquier paso por el norte chileno debería atravesar la experiencia de conocer los pueblos y la historia que por allí fluyó. NOS viajó hasta Iquique, una ciudad rodeada por una duna de mucho mayor tamaño que cualquiera que alguna vez hubiésemos imaginado recorrer. El plan era sencillo: conocer los pueblos salitreros abandonados devenidos en museos a cielo abierto. Hasta Humberstone llegamos. El sol del desierto penetra rápido, hace olvidar que el mar sigue estando a menos de 40 Km.  Humberstone, al igual que Santa Laura, el 25 de julio de 2005 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Ya no se trata de un calvario para los trabajadores, ni la salvación para los que buscaban el progreso a principios del siglo pasado. Son la foto de que alguna vez Chile vivió para el salitre. De entre el óxido perforante de las chapas de las casas obreras, en fiel contraste con las construcciones macizas de los edificios de habitantes acomodados, nace y renace la historia de rebelión que cumple más de cien años ya.
Más cerca aún de Iquique, está la oficina San Lorenzo. Allí los obreros no están dispuestos a cobrar en fichas para seguir fomentando el progreso chileno. Y un 10 de diciembre de 1907 se declaran en huelga. Piden que sus salarios sean pagados a un tipo de cambio fijo de 18 peniques -moneda británica, por supuesto- para evitar la fuerte devaluación del peso, cuyo cambio bajó hasta los 7 peniques. Exigen, además, que las fichas fuesen cambiadas por su valor nominal en dinero, sin hacer descuentos; que en las pulperías haya control de pesos y medidas; y que se prohíba arrojar el caliche de baja ley a la rampa para después elaborarlo sin pago a los trabajadores. La huelga se empieza a extender hacia las otras oficinas, y cinco días después una columna de dos mil obreros costea a pie las vías del ferrocarril británico Nitrate Railways y llega hasta Iquique tras una larga caminata. Las adhesiones crecen y los huelguistas ya pasan los veinte mil. La actividad pampina está paralizada por completo: sin producción ni puertos.
El Estado chileno, conducido por Pedro Montt, sabe el significado del salitre para Chile. Y su rentabilidad, que con la huelga está parada. Depende de la explotación obrera, calculan sin ningún disimulo desde Santiago. Todo sea por el progreso. El 21, contra amenaza de aplicar la fuerza, llega la orden de desalojar la ciudad. En el puerto ya hay tres buques de guerra a la expectativa. Los huelguistas se niegan a desalojar Iquique sin ninguna concesión de sus demandas por las condiciones paupérrimas de trabajo. Siguen atrincherados en la Escuela Santa María.
Al General Roberto Silva Renard le llega la orden y, gustoso, resuelve abrir fuego sobre la multitud obrera. Una de las matanzas más grandes de la historia latinoamericana se acaba de perpetuar. Es 21 de diciembre de 1907, y más de dos mil obreros –aun un siglo después sigue siendo incierta la cantidad de caídos- son asesinados sin piedad. Sí, dos mil personas masacradas yacen en la plaza Montt por pedir que su sueldo no se pague con fichas. Dos veces mil, una cifra escalofriante. El resto de los huelguistas es enviado nuevamente a las oficinas salitreras, a seguir llorando por el polvo del caliche y por sus compañeros y familiares asesinados. La huelga y la matanza no logran cambiar las condiciones laborales. Chile sigue siendo por y para el salitre, y sigue su camino desesperado hacia el progreso. El dinero y el “Oro Blanco” siguen corriendo en la Pampa. Los arquitectos, los artistas y los barcos en busca de salitre siguen llegando desde Europa. Los domingos son casi una fiesta nacional para los que no trabajan en las oficinas.
Pero un buen día, los años felices acaban. El progreso no juega en contra sólo de los obreros, también para Chile: en algún lugar de Europa algún científico loco y sin corazón se le da por inventar el amoníaco sintético durante la Primera Guerra Mundial. Los fertilizantes naturales, con el salitre a la cabeza, quedan completamente desplazados. Las oficinas salitreras cierran, el trabajo escasea, los barcos ya no llegan al puerto de Iquique en busca de “Oro Blanco”.  La crisis del salitre es la crisis de Chile, y de la Pampa. El desierto blanco, antes rodeado de las grandes joyas arquitectónicas, ahora sí parece desierto. Surgen un nuevo oficio en la región pampina: obreros especializados en desarmar pueblos, la única fuente de trabajo posible entre tanto abandono.
Fuentes:
Las Venas Abiertas de América Latina, Eduardo Galeano.
http://tejiendoelmundo.wordpress.com/2009/01/05/humberstone/
www.obrerossalitreros.blogspot.com
www.archivochile.com
Fotos actuales originales de Humberstone febrero 2010