Bienvenidos a La Higuera

Bien al centro de Bolivia están aquellos lugares que cuentan las líneas finales de la vida del Che. Un equipo de Nos viajó hasta allí en busca de la historia de la inmortalidad que se cuela en cada uno de los sitios ya míticos. Un recorrido irrepetible empapado de sensaciones, imágenes, reflexiones y fotografías.

En medio de la selva boliviana se abre paso la ruta que conduce al municipio de Samaipata. Este pueblo de menos de diez mil habitantes está ubicado dentro del departamento de Santa Cruz, el territorio más extenso de Bolivia. Samaipata es de paso obligatorio para llegar a Vallegrande. Hace poco más de cuarenta años Ernesto Guevara de la Serna, más conocido como el “Che”, fue asesinado a pocos kilómetros de allí en una pequeña escuela de la Higuera por el soldado Mario Terán. ¿Por qué? ¿Quién era el “Che”? ¿Qué es hoy ese lugar?
Hacia allí vamos. A transitar lo que hoy se conoce en Bolivia como la ruta del “Che”. A rastrear los últimos pasos de aquel guerrillero que aparece hoy galardonado como el símbolo más grande de la Revolución –y revolución con mayúscula-.
Recorriendo libros, revistas, películas y biografías siempre nos encontramos con lo mismo: la mitificación de un hombre. El hombre que dejó de ser hombre y para convertirse en mito. Pierde su esencia humana. Deja de ser de carne y hueso; pasa a ser un Dios. Sus proezas, sus logros y su coraje parecen ser las cualidades de otro de esos superhéroes de película. ¡Pero éste lo vivió!
Esperamos que allí, donde luchó hasta el final de sus días, podamos toparnos con los vestigios de una revolución que pareció frustrada, pero no fue una derrota total, quizás tan solo una batalla perdida. Buscaremos los vestigios de aquél hombre. Nos encontraremos a la distancia con Ernesto, el “Che”.

La lavandería: el santuario
Caminando por las barrosas calles de tierra de Vallegrande nos dirigimos a un sitio que se ha reproducido como épico. En el centro del humilde hospital Nuestro Señor de Malta, se encuentra la lavandería. Lo significativo, lo llamativo, lo que da valor a este lugar es que ahí descanso el cuerpo ya sin vida de Ernesto Guevara. Los militares bolivianos, que lo capturaron con colaboración de la CIA, expusieron el cadáver durante dos días recostado sobre unas piletas para que todos puedan verlo y tomarle fotos al que yacía ya sin vida. A partir de aquél día la lavandería se convirtió en una especie de santuario. Es que luego de aquella especie de velorio a cajón abierto que armaron los militares, el cuerpo de Ernesto desapareció. Recién casi a veinte años de su muerte fue hallado a metros de la precaria pista de aterrizaje del pueblo.
La lavandería sufre de un evidente desgaste provocado por el paso de los años, pero su estructura está intacta. En una de sus paredes exteriores está la copia de una carta que escribió a sus hijos que muestra las claras de la esencia guevarista: (…) Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario.

A priori, lo que más llama la atención es la ingente cantidad de frases, dibujos y grafittis que recorren la totalidad de las paredes de la lavandería. Distinguirlas sorprende, pero entrar aturde. En medio de la gran cantidad de voces, hay una en particular que llama la atención.: Y no porque te disimulen bajo tierra van a impedir que te encontremos, “Che” Comandante, amigo. Ese grupo de científicos parece haber trabajado también tras el encuentro con el hombre. El lugareño que nos acompaña –en carácter de guía- en la visita cuenta que unos doscientos turistas, militantes, extranjeros, curiosos o simplemente interesados visitan el santuario. Todos dejan su firma o escriben algo, ¿tienen una fibra? –pregunta-. Uno de nosotros le contesta que no tiene, pero es que tampoco la necesitábamos. No pretenderemos trascender más allá de nuestros méritos propios.

Una tumba sin cuerpo
La ruta continúa. A dos días de haber sido asesinado, el cuerpo de Ernesto fue arrojado a unas diez cuadras de la lavandería. Esta información permaneció en secreto por muchos años hasta que científicos cubanos y argentinos debelaron el misterio. Más tarde el cuerpo fue encontrado y trasladado a Cuba, donde hasta hoy descansa Ernesto “Che” Guevara.
El gobierno cubano en colaboración con el boliviano construyó hace pocos años un mausoleo exactamente en el mismo lugar donde fue hallado el cuerpo junto al de otros seis guerrilleros que lo acompañaban.
El edificio construido con la colaboración del gobierno cubano se compone como una síntesis fotográfica de la vida del Comandante en torno a una gran abertura en el suelo que deja al descubierto natural a aquella tierra que alojó y escondió su cuerpo. Allí, bajo una estrella sobre una piedra se lee su nombre como uno más del resto de los guerrilleros. Es extraño que se le dé la forma de una tumba, porque son tumbas sin cuerpos.
Damos unas vueltas mirando con detalle cada fotografía. Están las del nacimiento de Ernesto, una de sus días de colegio, hay otras donde está pescando, unas cuantas junto a Fidel y otras tantas –en su mayoría- en compañía de otros guerrilleros en Cuba, en África y en Bolivia. Hacia el final del recorrido, las fotos de sus últimos días en manos de las Fuerzas Armadas bolivianas ya capturado. Y finalizando la secuencia de imágenes -con los ojos bien abiertos y la característica fiereza de su mirada- el retrato del rostro de Guevara en la lavandería, que aunque no lo parezca, ya estaba muerto.

Última parada: Bienvenidos a La Higuera
El camino de Vallegrande a La Higuera comprende una distancia de unos 60 km. Se trata de un pueblo que apenas supera el centenar de habitantes. No existe un tipo de transporte fijo entre ambos poblados, nos comenta un lugareño. Así que coordinamos con un vallegrandino que maneja un taxi para que nos acerque a nuestro destino: la Higuera.
Éramos siete en su Toyota Corola `85. La precariedad de las rutas, caminos y transportes en Bolivia es realmente sorprendente. Aunque no tanto si tenemos en cuenta la historia de opresión y privación a la que fue sometida esta tierra. Tardamos poco más cuatro horas en hacer sesenta kilómetros. Cada vertiente de agua al costado del camino, era motivo suficiente para hacer alguna parada para enfriar el del motor del auto. Apretado, largo y tedioso viaje que intentó ser más ameno con algo de música en vivo orquestada por los pasajeros, hasta que el conductor dijo: “Bienvenidos a la Higuera”.
En el corazón del pequeño pueblo se ubica la plaza principal que fue construida en forma de estrella de cinco puntas. A pocos metros está la puerta de la escuelita. Nos detenemos unos minutos antes de entrar, pensando en lo que estaba pasando. De hecho, ¿está pasando? Pasmados, pero entramos. La escuelita de hoy poco se parece a aquella. Cuentan que como estaba muy deteriorada, tuvo que ser reconstruida, para hoy funcionar como una especie de museo. Hay fotos de Ernesto, frases, banderas y amuletos colgando por todos los rincones. El intento de reconstrucción de aquel 9 de octubre de 1967 es inconsciente. La imagen mental de Terán matando a Ernesto se repite una y otra vez. Salir aturdido parece ser la constante, difícil que sea de otro modo. Abandonamos de la escuelita esperando a los compañeros para regresar a Vallegrande.
El retorno es distinto. En el auto no se oye ni un respiro. La sensación es generalizada: conmovidos, cansados y abatidos. Resuena la frase de un tal M. Corona –a quien ni cerca de conocer estuvimos- grabada en letras doradas sobre un pequeño cuadro colgado dentro de la escuelita que tranquiliza: Aquí no fue solo un hombre que murió. Aquí fue un revolucionario que  fue inmortal. Tal vez no sea en Bolivia donde tengamos que buscar a Ernesto,  reconstruyendo sus últimos momentos de vida. Quizás no lo encontremos en ningún lado. Es posible que esté en todas partes y en ningún lugar. Su omnipresencia es un hecho que nos llena y nos excede.

Fotos originales exclusivas para NosDigital. Enero 2010.