Arbolito, de Parque en Park

Agustín Ronconi, Ezequiel Jusid, Andrés Fariña, Diego Fariza y Pedro Borgobello le dan forma a la banda que comenzó en 1998 tocando en Parque Lezama todos los domingos pidiendo electricidad a los artesanos. El 13 de junio copó el Luna Park para presentar su último disco, Despertándonos. 

En 1998, Osvaldo Bayer consintió en que la banda llevara el nombre del ranquel cuya historia será siempre recordada gracias al libro Rebeldía y Esperanza: Arbolito, ajusticiador del genocida coronel Federico Rauch. Desde ahí, Agustín Ronconi (multiinstrumental), Ezequiel Jusid (voz y guitarras), Andrés Fariña (bajo eléctrico), Diego Fariza (batería y bombo legüero) y Pedro Borgobello (clarinete y quena) –todos egresados de la Escuela de Música Popular de Avellaneda- construyeron a base de alegría una “orquesta de rock”, según palabras del escritor. Pasando por los domingos en Parque Centenario, giras al interior y hasta la presentación de su quinto disco, Despertándonos, en el Luna Park, nunca dejaron de lado sus canciones con contenido social.

La Chilinga, Daniel Buira y Verónica Candomí los acompañaron el 13 de junio en el escenario; en el estudio, se sumaron León Gieco, Tito Fargo, guitarrista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y Gustavo “Chizzo” Nápoli, el cantante de La Renga. Después de un ensayo previo a la presentación, en una pizzería de Parque Patricios, Pedro Borgobello nos cuenta : “Estuvo buenísimo grabar con Chizzo. Cuando compusimos Europa pensábamos en él y hasta jugábamos a imitarlo. Cuando vino al estudio nos encontramos con un chabón re copado. Salió mucho mejor de lo que esperábamos. La Renga es una de las bandas más auténticas que hay. Los flacos que están en el escenario son los que están después en la barra”.

¿Qué tienen en común La Renga y Arbolito?
Por un lado, la gente de sonido y uno de producción de ellos que es amigo de Ezequiel (Jusid). Por el otro, las formas de relacionarnos. Los de La Renga trabajan muy profesionalmente, pero con un trato humano como a todos nos gustaría. Tocan para 80 mil personas y se pueden llevar bien entre ellos. Esto nosotros siempre tratamos de rescatarlo. Hay productores que no son así y les decimos: “Mirá, queremos trabajar bien. Respetándonos”. Primero te cagan con la guita. Después te dicen que van a hacer algo y no lo hacen. Se pelean con gente que está con nosotros. Lo que pasa en la sociedad. Pero ¿por qué me la tengo que bancar?

Hablabas de la profesionalidad de La Renga. ¿Qué les hizo dar el salto que dio Arbolito para salir de Parque Lezama y llegar al Luna Park?

La constancia en el trabajo. Nunca paramos de tocar. Íbamos al Parque porque ahí estaba la gente. Los que nos escuchaban se podían comprar el disco o se podían ir si no les gustaba. Ahora en la nueva Buenos Aires de Mauricio Macri no se puede tocar más en la calle… Pero no pasó nada que nos haya hecho explotar. Nosotros seguimos produciendo fechas nuestras. La del 13 de junio no porque es demasiado grande, pero hace años que venimos haciendo fiestas. Esa constancia hizo que ahora sintamos que no nos quede grande el Luna Park.

¿Qué sintieron cuando tocaron ahí en noviembre pasado, para el programa Sin Estribos?

Fue un flash porque el lugar tiene una carga muy fuerte. Hubo cada monstruo ahí… Hubo mucho agite. A partir de ahí empezamos a sacar cuentas. “¿Podremos presentar el disco acá?”.

Volviendo al tema Ciudad de Buenos Aires…

No podés ir un domingo a una hora, pedirles electricidad a los artesanos y ponerte a tocar.  Eso limita muchísimo a la cultura popular. ¿Cómo vas a prohibir que un artista se exprese? No estás haciendo nada malo. Al contrario, estás permitiéndole a la gente disfrutar de una obra artística, que comparta algo, se haga amigos. Lo que pasa es que estamos en una sociedad que apunta al aislamiento. Es más fácil así dominar. Mantienen las cabezas cuadradas y las manejan como un tablero de ajedrez.

¿En el Interior también es así?

Depende a dónde vayas. Algunos pueblos tienen intendentes fachos que no te dejan ni en pedo.

¿Hasta dónde llevaron la chata, un Scania ‘59 que tenían para llevar los equipos y no pagar fletes?

Yo diría que la mitad de la provincia de Buenos Aires. Pero también llegamos, sin la chata, hasta el Chalten o Río Gallegos. Llegó un momento en que la familia estaba crecida. Teníamos iluminador, sonidista, alguien que se encarga de armar el escenario. La chata no dio para más. Quedaba casi sin uso. Así que la sorteamos para juntar plata para construir unas aulas en un bachillerato de Villa Domínico. Recién me enteré que anda media muerta la chata…

¿Cómo eran los viajes?

Íbamos con los equipos, la batería, todos los instrumentos. Arriba de todo eso tirábamos un colchón y encima de él nos tirábamos un par. Muy cómodo.

Me la imagino como la de Scooby Doo.

Más o menos.

Te llevo al tema Despertándonos. Me lo tuve que bajar para escucharlo. ¿Qué pensás de la piratería?

Bajarse música es una gran herramienta cultural. Se puede bajar música que por medios legales es imposible conseguirla. También te da la posibilidad de chusmear un poco sin necesidad de escuchar la radio, que te pasa todo el día publicidad y es un embole. Pero por otro lado tenés al tipo que hace una industria de la copia de discos que, en realidad, son de los artistas. Las productoras no me parecen mal. Invierten en música. Después te puede gustar más o menos, pero eso va a hacer que compres o no el disco. El otro día hablábamos con los chicos sobre la cantidad de libros que no hubiéramos leído si no hubieran sido editados por una gran editorial.

¿En qué los ayudó grabar el CD con una productora discográfica?

De manera independiente hubiera sido muy difícil hacer este Despertándonos. Hubiera sido diferente. A los estudios, los técnicos, los asistentes y todos los que trabajan en la grabación no los hubiéramos podido contratar por nuestra cuenta. A nosotros nos resultó conveniente. No tenemos absolutamente ninguna restricción.

Eligieron el nombre del disco porque dicen que el continente se está despertando. ¿Por dónde pasa ese cambio?

Se está volviendo a entender el mundo de otra manera. Hay una cuestión latinoamericana que está llegando a esferas del poder muy alto como es para mí Evo Morales. Bolivia es un lugar súper-potente de América, igual que el Sur de Perú. Los incas no lo eligieron por casualidad. El hecho de que Bolivia esté gobernado por ellos mismos no es algo que hay que dejar pasar. También hay una generación que se está sintiendo latinoamericana. Yo me siento latinoamericano, no europeo como otras generaciones. Roca se encargó de que los indios tengan vergüenza de ser indios. Yo me siento mucho más cercano a ellos que a los primeros venecianos que vinieron a América con mi apellido.

El disco arranca con Baila, baila. ¿Qué significan las primeras palabras? 

Lo mismo que lo que cantamos en castellano, pero en mapuche. Los idiomas originarios tienen otra lógica, otra forma de pensar, porque tienen otra forma de ver el mundo, de relacionarse y de vivir.

El nombre de la banda surgió de la lectura de Rebeldía y Esperanza, el libro de Osvaldo Bayer que cuenta la historia de Arbolito, un ranquel que mató al etnocida a sueldo, el Coronel Rauch. Siempre que puede, el escritor los va a ver y hasta cuenta la historia en el escenario. ¿Tuviste oportunidad de hablar con él?

Hablo seguido. De hecho, me llamó hace poco porque está armando un Encuentro de Pueblos Originarios con la intención de desmonumentar a (Julio Argentino) Roca. Este asesino serial tiene una estatua gigante a metros de la Plaza de Mayo y es un tipo que se dedicó a matar gente para que sus tierras hoy las tenga Benneton o garcas de la Sociedad Rural Argentina. Hoy está mal visto hablar de Videla, pero hay que sumarle a Roca y a Sarmiento, otro terrible hijo de puta que hizo escuelas públicas para disciplinar a este país y sacarle la indianidad y la cuestión de la libertad y de gauchaje. Para nosotros Osvaldo es un ejemplo de todo.

En el disco se produce un corte con respecto a las letras con la canción En este instante. 

Justo la compuse yo ésa. No es que no me interese la cuestión social, al contrario. Nosotros siempre decimos que creemos en la lucha, pero dentro de eso podemos divertirnos y pasarla bien. No tenemos por qué siempre estar en la protesta. Somos personas y también nos pasan cosas.

¿En qué otras bandas ves que haya protesta?

Nosotros, en realidad tampoco hacemos canciones de protesta. Suena a algo de 30, 40 años atrás y a enojo. Es entendible, pero de otro momento. Lo que hacemos tiene contenido social. Creo que hay bandas con contenido, pero tienen otras formas o lenguajes. Las letras de Calle 13, de Intoxicados, de La Renga, de Callejeros tienen mucho contenido. Hay bandas que dicen cosas, pero esta sociedad tiende a la individualidad y a mantenerte la cabeza con el shampoo por dentro. Es mejor para los que dominan que digas boludeces o “menéalo, menéalo” como dice Capusotto.

Le sigue una canción que se llama Mala leche, claramente dedicada por un lado a la Sociedad Rural “Leche tirada en la ruta/fruta pudriéndose al sol/con tantas pancitas que esperan”, y por otro, a la Pachamama. Después, un tema muy raro: Locutar. ¿Surgió solo del odio a los celulares?

Nosotros somos medio reacios a los celulares, pero no solamente todos tenemos, sino que también tenemos una flota para comunicarnos gratis entre nosotros. La canción surgió un día que estábamos ensayando en la sala y suena el celular de Ezequiel. De repente lo veo y me mira como diciendo “loco, estoy hablando”. Ahí le dije “loco, a locutar al locutorio”. Quedó como un chiste, pero es como una llamada de atención. Estos aparatitos generaron una desconexión humana que hace que si estás en una reunión de amigos, se pueda cortar el clima en un instante.

 El cierre es El sueño del pibe, un tema instrumental…

Nosotros estamos cumpliéndolo. Tenemos una banda de amigos con la que hacemos la música que nos gusta. Salimos de gira juntos. Hacemos una fiesta. Despachamos nuestro mensaje. La gente se copa viéndote. Baila.

Con el final del disco, llegó el final de la entrevista. El grabador es apagado y Pedro habla emocionado de Osvaldo Bayer. Su casita llena de libros: en la sala de estar, repleto; en los pasillos repleto; en el patio cubierto, hay libros entre las enredaderas. Pero además, Pedro cuenta “tiene todos los datos en la cabeza”.

Paso a paso retornamos a Alberdi y Caseros. Tras la despedida, él dobla hacia su club, su segunda casa.